junio 18, 2024

Por Claudio Acevedo.

Al principio, me inscribí entre aquellos que defendieron la pronta vocación rectificadora del actual gobierno frente a sus yerros cometidos, cuando otros veían en ello impericia, incapacidad, novatada, improvisación, desorientación y falta de un plan maestro en las acciones gubernamentales. Así, en lo que muchos observaban resta, yo veía suma, adiciones positivas que engrandecían a nuestro jefe de Estado.

Vi en aquellos errores que se cometían con tantas ligerezas y reiteración el pago del costo del aprendizaje de un gobierno imbuido de buenas intenciones y encabezado por un presidente que tenía la humildad de reconocer sus equivocaciones, para casi inmediatamente, proceder con las reparaciones de lugar. Para decirlo bíblicamente, el presidente Abinader no dejaba que el sol se pusiera sin enmendar lo que justamente le criticaran.

Y eso era bueno, muy bueno, porque establecía un precedente de conexión presidencial permanente con el latir de la opinión pública, evitando que la mancha se fijara en la ropa de la imagen presidencial. No daba oportunidad a que el daño se hiciera mayor o que las consecuencias se salieran de control.

Veía en tal conducta de Luis Abinader a un presidente que no se avergonzaba de poner al descubierto que no era infalible, y que se ennoblecía arrojando el misticismo de que la investidura presidencial lo colocaba en un Olimpo, por encima de los demás mortales.

Pero, como reza el dicho: lo mucho hasta Dios lo ve. Y ya se está mirando que lo que era apreciado como una virtud, está deviniendo en un molestoso e intolerable defecto, que por tan repetitivo ya define una línea de conducta, llena de errores recurrentes, como si se tratara de un vicio dominante.

Verbigracia, ahí tuvimos de nuevo en el comentario público a Luz del Alba Jiménez Ramírez, exministra de la Juventud, quien después de ser nombrada como vicecónsul en el Consulado de la República Dominicana en Barcelona, fue suspendida temporalmente del cargo que no llegó a estrenar.

La suspensión se hizo atendiendo a una supuesta solicitud de la Dirección General de Ética e Integridad, que preside Milagros Ortiz Bosch. Un bajadero que se utilizó ante la indignada reacción pública por tan chocante designación. Y es que lo que era malo o inconveniente hace un rato, de repente no puede convertirse en bueno y deseable.

Si la susodicha fue defenestrada por comportamiento éticamente desaseado, no puede ser premiada con un cargo de confianza pública, que ella no supo honrar. El compromiso político no puede llegar a tanto. La imagen del presidente debe ser superior a cualquier interés de conceder beneficio personal a alguien.

Y esto lo digo de buena fe, como de buena fe, años atrás, le hice llegar a las propias manos del actual presidente planes de publicidad política para que alcanzara la magistratura del Estado. Y en este sentido, le digo por este medio que no abuse de la condescendencia popular, que todavía le favorece y lo premia con alto índice de simpatía pública.

Pero tanto va el cántaro al río hasta que se le hace un hoyo. Y ese hoyo puede ser difícil de tapar después. La observación y la experiencia señalan que el poder comúnmente enloquece a los gobernantes, pues hacen cosas que rayan en el absurdo y que no se les encuentra una punta de razón, por más vueltas que les demos.

Por eso dicen que cuando los dioses quieren hacer perder a un gobernante, primero lo enloquecen. Y es de locura reincidir continuamente en reciclar los equívocos que abren boquetes por donde se puede escapar el favor popular.

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